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22 de abril de 2012

LAS TRIBULACIONES DE UN REY


Sinceramente, el problema está que cuando no se quiere a un rey no hay forma de echarle sin  consecuencias traumáticas para el país.  Los reyes no se jubilan, leemos estos días en la prensa. Los reyes mueren en la cama, dicen también nuestros voceros (o en sitios públicos mucho menos amables de los que es mejor no hablar). Pero no se van con un gesto amable con la mano desde la puerta de un aparato volador como hacen los presidentes de república, con la sonrisa del trabajo bien hecho o la mueca pétrea del ahí os quedáis, hacia una jubilación de oro.

No. Cuando a los reyes no se les quiere, siempre hay problemas.  Que se lo digan a José I Bonaparte, rey que fue de las Españas y de las Américas entre 1.808 y 1.813. No era mala gente este José I. Estudió leyes en Pisa, a los 20 años era abogado en Córcega y a los 24, juez del tribunal de Ajaccio. En su pensamiento, fue admirador de Rousseau, masón ( en 1794 ingresó en la Logia Perfecta serenidad de Marsella), amigo de pacifistas y liberales. Siendo ya rey, primero en Nápoles y después en España, siempre prefirió el compromiso, el acuerdo o incluso el pacífico soborno que el fusilamiento o la violencia desatada. “Sois demasiado bueno” le repetía constantemente su ilustre hermano.

Ese fue su problema, su ilustre hermano, Napoleón Bonaparte, a quien siempre fue fiel aunque éste le utilizó, le manipuló y le ninguneó en tántas ocasiones, según sus intereses políticos. Sus súbditos españoles siempre le vieron como un rey-muñeco impuesto por un invasor. Además vino a un país ignorante, absolutista, dominado por Iglesia, Inquisición y nobleza terrateniente, con una constitución revolucionaria bajo el brazo: la Constitución de Bayona, anterior a la de Cádiz de 1.812 que estos días celebramos.

Basándose en esa Carta Magna otorgada por Napoleón, pretendió modernizar el país, quitar privilegios de Iglesia y nobleza, reactivar el comercio y sentar sobre nuevas bases nuestras relaciones con América. Todo ello le malquistó con las clases poderosas que a su vez le enfrentaron con un pueblo que simplemente se veía sojuzgado a una potencia extranjera. No le perdonaron ni una. Si pretendía liberalizar el comercio de licores, le tildaban de borracho con el sucio apodo de “Pepe Botella” cuando el hombre no era bebedor en absoluto. Cuando se enamoró como un chaval de María del Pilar Acedo, marquesa de Montehermoso y otros títulos (forma realmente práctica de intimar con los españoles o, al menos, con las españolas), la gente le cantaba coplillas del siguiente jaez:

La Montehermoso
tiene un tintero
Donde moja su pluma
José primero

Tampoco ayudó la política de represión brutal de los generales de su hermano, ni el autoritarismo de éste que nunca le dejó espacio de maniobra a sus buenas maneras ni, en definitiva, una espantosa guerra, que tuvo mucho de cainita, en la que España, como tántas veces, perdió el tren de la Historia regando sus campos con sangre.

Marchó el hombre tras las rotas francesas de Arapiles y Vitoria, para dejar la poltrona real a un inútil indigno como Fernando VII de Borbón. Fue fiel a su hermano hasta el final de Waterloo. Después emigró a Estados Unidos, donde se solventó bastante bien la vida como hacendado demostrando que era capaz de hacer buenas relaciones de vecindad con todo el mundo. Murió en Europa, concretamente en Florencia y sus restos reposan en los Inválidos junto con los de Napoleón. Significativamente, la placa que conmemora el hecho en la casa florentina donde falleció le recuerda por uno sólo de sus títulos: Rey de España.


Fotos, José I Bonaparte. Placa que recuerda su fallecimiento en Florencia, tomada por el autor